- Juan Manuel Bueno Gallego es CEO de Vialterra Infraestructuras
En un mundo sacudido por guerras, energía volátil y cadenas de suministro frágiles, mantener contratos públicos a precio fijo y sin una revisión legal automática traslada todo el riesgo al contratista, encarece las licitaciones y termina perjudicando al interés general. La contratación pública no puede exigir a la empresa que asuma, en solitario, riesgos geopolíticos que ningún operador serio puede prever ni absorber sin destruir su equilibrio económico. Estos días el Círculo de Empresas Andaluzas de la Construcción, Consultoría y Obra Pública, CEACOP, ha puesto acertadamente el problema sobre la mesa y ha pedido soluciones.
La contratación pública española sigue anclada, en materia de revisión de precios, en una lógica de estabilidad que ya no existe. El marco vigente permite una revisión ordinaria únicamente cuando concurren los supuestos tasados por la ley, se articula expresamente y se define en el pliego con su fórmula correspondiente.
Cuando eso no ocurre, el contratista queda atrapado en un precio cerrado, aunque la realidad económica haya cambiado de forma abrupta. Y esa realidad, hoy, cambia demasiado deprisa. Basta mirar lo que está sucediendo estos días con Irán y con el estrecho de Ormuz.
Cuando una guerra altera el tráfico energético mundial, no solo sube el petróleo. Se tensionan también los materiales bituminosos, el transporte, la electricidad, la logística, el acero, el aluminio y, en cadena, buena parte de los insumos que intervienen en una obra pública. En pocas semanas, la estructura real de costes de un contrato puede dejar de parecerse a la que existía cuando se presentó la oferta.
Sin embargo, el contrato sigue exigiendo ejecutar al mismo precio, como si nada hubiera pasado. Ese es el verdadero problema: el sistema actual no distribuye el riesgo; lo descarga casi por completo sobre el contratista. Y cuando el riesgo es absorbible, la empresa hace un esfuerzo de eficiencia. Pero cuando el riesgo deriva de una guerra, de una crisis energética global o de una ruptura de suministros, ya no estamos ante una contingencia empresarial normal, sino ante un shock exógeno imposible de gestionar con herramientas ordinarias.
Obligar a ejecutar en esas condiciones no refuerza el interés público. Lo compromete. Porque el resultado es conocido: licitaciones desiertas, ofertas infladas por prudencia defensiva, adjudicaciones temerarias, solicitudes de modificación, conflictos, ralentización de los trabajos y, en los casos más extremos, resolución del contrato o abandono económico del proyecto.
Es decir, lo que aparentemente se ahorra la Administración al negar una revisión razonable, lo termina pagando después en demora, en litigios, en pérdida de competencia y en un mayor coste final para el conjunto del sistema. La revisión excepcional aprobada en 2022 fue el reconocimiento implícito de que el problema existía.
Pero precisamente por eso no puede convertirse en la coartada para no abordar la reforma de fondo. La excepcionalidad es útil para apagar incendios; no sirve para diseñar un mercado público serio. Un país no puede confiar la ejecución de sus carreteras, hospitales, depuradoras o infraestructuras estratégicas a un mecanismo de auxilio improvisado cada vez que el mundo entra en convulsión.
Previsión
Lo que necesitamos no es otra excepción. Lo que necesitamos es una regla. España, además, no parte de cero. Durante décadas, la obra pública convivió con fórmulas tipo de revisión de precios que permitían acompasar el contrato a la evolución objetiva de determinados costes. Aquel modelo era mejorable, sin duda, pero entendía algo esencial: que la estabilidad de la obra pública no se consigue negando la realidad económica, sino incorporándola con reglas transparentes, predeterminadas y conocidas por todos desde el inicio.
Por eso ha llegado el momento de recuperar una revisión de precios ordinaria, automática y legalmente integrada en determinados contratos, especialmente en los de obras y en aquellos de larga duración o elevada exposición a materias primas y energía.
Automática quiere decir que opere por ministerio de la ley, aunque el pliego guarde silencio. Objetiva quiere decir que se calcule con fórmulas oficiales, auditables y vinculadas a la estructura real de costes. Y equilibrada quiere decir que funcione al alza y, si procede, también a la baja, para proteger tanto a la Administración como al contratista y preservar la credibilidad del sistema.
No se trata de blindar márgenes empresariales ni de socializar cualquier ineficiencia. Se trata de evitar que una empresa solvente, competitiva y técnicamente capaz tenga que ejecutar a pérdidas por causas absolutamente ajenas a su gestión. Se trata de impedir que el precio de adjudicación se convierta en una ficción jurídica en cuanto estalla una crisis internacional. Y se trata, sobre todo, de proteger la continuidad de la obra pública, que es proteger el interés general. En el fondo, esta no es una reivindicación sectorial.
Es una cuestión de política económica y de seguridad institucional. Un Estado que quiere infraestructuras bien ejecutadas, competencia real en sus licitaciones y empresas fuertes para acometer proyectos estratégicos no puede construir su contratación sobre la ficción de que el mundo permanecerá quieto durante tres, cuatro o cinco años. El mundo ya ha demostrado que no lo hará.
La lección es clara. Si la geopolítica se ha vuelto estructuralmente inestable, la contratación pública debe adaptarse estructuralmente a esa inestabilidad. La revisión de precios no puede seguir siendo una concesión graciosa, ni una rareza, ni un salvavidas extraordinario. Debe volver a ser lo que nunca debió dejar de ser: un mecanismo ordinario de equilibrio, de seguridad jurídica y de buena administración.
- El Economista

